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La Dra. Delia Santiago-Materese quiere que las cosas se pongan complejas

La Dra. Delia Santiago-Materese en su oficina. Un modelo de Júpiter y la nave espacial Juno se observan sobre un estante a la izquierda.
Actualmente, la Dra. Delia Santiago-Materese es científica de programa en la División de Ciencias Planetarias de la sede central de la NASA en Washington, y trabaja desde el Centro de Vuelo Espacial Goddard en Maryland.
Credits: NASA/Noelia González

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Cuando tu pasatiempo es probar siempre algo nuevo, ya tienes gran parte de la receta para una trayectoria llena de retos. Por eso la Dra. Delia Santiago-Materese describe su camino dentro de la NASA como “serpenteante”. Sus diversos roles la han llevado a la órbita baja de la Tierra, a las nubes de Marte y hacia los alrededores de Júpiter. Ahora, la acercan también a la superficie de Titán, una intrigante luna de Saturno. Hilvanadas por su espíritu explorador y una curiosidad perenne, todas estas experiencias tienen un punto en común: la vida.

Hoy, Santiago-Materese es parte de la División de Ciencias Planetarias en la sede central de la NASA en Washington. La decoración principal de su oficina es un modelo de Júpiter, más grande que una pelota de básquetbol, que posa junto a una maqueta de la nave espacial que lo explora, Juno. Pequeños pines negros y rojos con la inscripción “Dragonfly” descansan en el centro de una mesa redonda. Varios diplomas enmarcados cubren una pared. Desde aquí, Santiago-Materese hace “de todo un poco” en un día laboral cualquiera, como científica de programa de las misiones Juno, Dragonfly y del programa Discovery, que a su vez cuenta con un portafolio de varias misiones en nuestro vecindario cósmico.

Ese salpicón de roles no es casualidad. Santiago-Materese se describe como alguien que no persigue un único objetivo, sino intereses diversos que va descubriendo por el camino. “Siempre estoy buscando algo nuevo que añadir a mis experiencias”, dice, “porque creo que también me aburro fácilmente”.

Hija de una familia militar, Santiago-Materese nació en España por coincidencia. Sus raíces, en realidad, están en otro continente: su madre es mexicana-estadounidense y su padre, puertorriqueño. De su paso por España solo conserva algunas fotos de bebé; vivió parte de su vida en Texas y luego en California, a la que considera su hogar —a pesar de haber pasado los veranos de su infancia en San Sebastián, Puerto Rico—. Fue en el estado dorado donde se imaginó veterinaria por primera vez y decidió estudiar Ciencias Biológicas. Y fue durante sus estudios en la Universidad de Stanford, “a la vuelta de la esquina” del Centro de Investigación Ames de la NASA en Silicon Valley, en California, que Santiago-Materese descubrió la astrobiología.

Esta asignatura electiva la acercó a una disciplina que, en cierta medida, estaba en pañales. Hoy, el programa de Astrobiología de la NASA investiga la vida en el universo en muchos niveles: cómo comenzó, cómo evolucionó aquí en la Tierra y dónde podría existir en otros lugares. Y fue así como Santiago-Materese se dio cuenta de que la biología y el espacio no eran dos cosas aisladas, cuenta.

La Dra. Delia Santiago-Materese junto a su modelo de Júpiter, a las afueras de su oficina.
Santiago-Materese junto a su modelo de Júpiter, a las afueras de su oficina. Como científica de programa de Juno —misión que estudia este planeta—, de Dragonfly y del programa Discovery, guía estos proyectos promoviendo un liderazgo basado en la bondad y el respeto: “Cada persona aporta algo único”.
NASA/Noelia González

De roedores, insectos y nubes marcianas

Tras finalizar sus estudios, Santiago-Materese completó un año como becaria en el Zoológico de San Francisco. Pero la incógnita que plantea la astrobiología seguía intrigándole, así que volvió a uno de sus docentes para indagar más al respecto. Preguntó y dio con alguien en Lockheed Martin —una empresa que a menudo tiene contratos con la NASA en proyectos espaciales— que buscaba gente para un nuevo proyecto: estudiar la nutrición de las barras de alimento de los roedores que viajaban al espacio, a bordo del transbordador espacial.

Santiago-Materese ha aplicado esa fórmula desde entonces: identificar qué le interesa realmente y encontrar a la persona correcta para hacer preguntas. Si la gente “no sabe lo que te interesa, no pueden ayudarte”, explica. Después de esa experiencia con el Programa del Transbordador Espacial, la cual incluyó la gestión de bases de datos para cargas útiles científicas a bordo del transbordador espacial, pasó a trabajar con la Estación Espacial Internacional, que entonces iniciaba su legado de más de 25 años en la órbita terrestre. Apoyó el desarrollo de experimentos biológicos en microgravedad, esta vez, con moscas de la fruta. Pero Santiago-Materese quería seguir alejándose de la Tierra e investigar futuros destinos espaciales.

Esta curiosidad la llevó al cielo de Marte. Como parte de sus estudios de posgrado en la Universidad de Santa Cruz, en California, Santiago-Materese investigó la atmósfera marciana, enfocándose en el hielo en las nubes y en el desarrollo de modelos climáticos del planeta rojo. Obtuvo su máster y volvería más adelante a completar su doctorado, en el marco del programa Pathways de la NASA, que es una de las principales vías de contratación inicial de la agencia. Defendería su tesis seis meses después de dar a luz a su primera hija (uno de los logros que más le enorgullecen, dice). Por eso, aunque le encantan los “peculiares” planetas del sistema solar exterior, su corazón es “más cercano a Marte” debido a su formación.

Durante su carrera en la NASA, Santiago-Materese viajó a Hawái para investigar un análogo planetario, un tipo de entorno terrestre que presenta características muy similares a las que podríamos encontrar en otros mundos.
Imagen por cortesía de Delia Santiago-Materese

En el centro Ames, Santiago-Materese desempeñó distintos roles, que abarcaron desde redes sociales y ciencia abierta hasta ciencias lunares. Luego se convirtió en ejecutiva de programa del programa de Funcionamiento del Sistema Solar en la División de Ciencias Planetarias en la sede central de la NASA, como parte de una asignación temporal. Y luego, despegó hacia Maryland junto a su familia.

Dar paso a la ciencia

Santiago-Materese resume su rol actual como científica de programa como el “nexo científico” entre la sede central de la NASA y una misión. “Cuando haces trabajo de científica de programa, puede que no estés especializada ni seas experta en la ciencia exacta, pero necesitas ser capaz de entenderla y hablar de ella, comprender su importancia”, explica. “En general, estamos apoyando a otras personas para que logren hacer investigaciones científicas”. En esta labor, ser alguien que “obtiene más energía al trabajar con personas” es una herramienta útil… y necesaria: “Estás teniendo conversaciones todo el día” con colegas de diferentes disciplinas, desde ciencia e ingeniería hasta finanzas.

La misión Juno, en órbita alrededor de Júpiter desde 2016, y Dragonfly, cuyo lanzamiento está previsto para no antes de julio de 2028, son parte del programa New Frontiers (Nuevas Fronteras) de la NASA. Santiago-Materese también maneja el abanico de misiones del programa Discovery, que incluye misiones científicas en curso como Psyche y Lucy —rumbo a diferentes asteroides—, y futuras misiones a Venus.

Para Santiago-Materese, compartir su trayectoria poco convencional puede ser valioso para estudiantes y jóvenes en general, sobre todo aquellos que no están seguros de a qué quisieran dedicarse. “Tu trabajo soñado”, dice, “tal vez no sepas que existe, o tal vez no exista hoy”. Además, afirma que ese sendero zigzagueante la ha llevado a acumular experiencias y relaciones con diferentes personas, que atesora incluso cuando parte hacia su siguiente destino.

Un mundo alienígena

A unos dos años del lanzamiento de Dragonfly, no es de extrañarse que esta misión robótica abarque gran parte del tiempo de Santiago-Materese. “Dragonfly se siente como una combinación de todas mis diferentes experiencias a lo largo del tiempo”, reflexiona. Y significa, en cierta medida, una vuelta a las raíces: es una misión de astrobiología. Si bien no está diseñada para detectar vida, Dragonfly investigará la química prebiótica: los procesos químicos que podrían haber llevado al surgimiento de la vida en la Tierra.

Concepto digital del módulo Dragonfly de la NASA en la superficie de la luna de Saturno Titán.
Concepto digital del módulo Dragonfly de la NASA en la superficie de la luna de Saturno Titán.
NASA/APL de Johns Hopkins/Steve Gribben

Dragonfly emprenderá un viaje de alrededor de seis años rumbo a la superficie de Titán. La nave llevará un conjunto de instrumentos científicos a bordo y será la primera misión científica de la NASA en explorar otro mundo volando de un lugar a otro. Este módulo de aterrizaje con hélices del tamaño de un automóvil se posará en distintos sitios geológicos de interés para analizar la composición de la luna y su potencial de habitabilidad.

Cuando llegue a Titán, se encontrará con un paisaje extraño y familiar a la vez: podría ser una ventana al pasado remoto de la Tierra. Este mundo congelado tiene una atmósfera espesa y nubes que se desplazan por el cielo; dunas, lagos, ríos, cañones y montañas. Titán incluso cuenta con un proceso equivalente a nuestro ciclo del agua. Sin embargo, en Titán no corre agua sino hidrocarburos, principalmente metano y etano. “Es una química más basada en el metano, así que es muy alienígena, y eso es lo que realmente me encanta de Titán”, dice Santiago-Materese. Y en esta luna, las moléculas orgánicas abundan.

Estas moléculas contienen carbono y son utilizadas por todas las formas de vida conocidas. Resultan fundamentales para entender el origen de la vida, ya que pueden surgir tanto por procesos biológicos como sin la intervención de esta. En Titán, estas moléculas orgánicas caen a la superficie y forman depósitos densos sobre su lecho rocoso de hielo de agua. Los científicos creen que la química compleja precursora de la vida podría desencadenarse allí si contara con un poco de agua líquida, como la generada por el impacto de un asteroide.

El cráter Selk, un lugar de impacto de 80 kilómetros (50 millas) de diámetro destacado en esta imagen infrarroja de Titán, es un destino clave para Dragonfly.
El cráter Selk, un lugar de impacto de 80 kilómetros (50 millas) de diámetro destacado en esta imagen infrarroja de Titán, es un destino clave para Dragonfly. La aeronave de alas rotatorias aterrizará cerca de Selk y explorará diversos sitios, analizando la química de la superficie para investigar los restos congelados de lo que podría haber sido la química prebiótica en desarrollo.
NASA/JPL-Caltech/Universidad de Nantes/Universidad de Arizona

A Santiago-Materese le entusiasma especialmente lo que el instrumento Espectrómetro de masas de Dragonfly (DraMS, por sus siglas en inglés) ayudará a descubrir. DraMS, el cual fue diseñado y construido en el Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA en Greenbelt, Maryland, analizará muestras del suelo de Titán. “Cuanto más complejas se vuelven las cosas, más cosas interesantes ocurren”, dice. “Así que tengo curiosidad: ¿qué tan complejas llegan a ser las moléculas? ¿Encontraremos algún patrón interesante?”.

Pero en ciencia, cada vez que haces una pregunta surge una nueva. Dragonfly intentará responder a varias de ellas. “Cuando tienes un planeta con química compleja pero donde no hay vida, ¿qué sucede? ¿Qué hay antes de la vida?”, se pregunta la científica de programa.

Titán, un valioso laboratorio natural, “va a cambiar completamente nuestra comprensión de cómo puede ser otro mundo”, anticipa. Además de lo que la comunidad científica espera descubrir gracias a Dragonfly, a Santiago-Materese le interesan los posibles hallazgos inesperados. “Hay objetivos científicos muy definidos, pero gran parte de ello es trabajo exploratorio”, explica. “Es reconfortante saber que hay un abanico muy amplio de posibilidades, que podríamos sorprendernos mucho”.

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Última actualización
Sep 09, 2026

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