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Consejos para observar la Luna

Fotografía de una "girl scout" de pie cerca de un telescopio.

La Luna es la compañera constante de la Tierra, el primer objetivo de observación del cielo que nos señalan cuando somos niños. Observamos cómo su aspecto cambia a medida que avanza el mes, y distinguimos patrones e imágenes en sus características geológicas.

Es el objeto del cielo nocturno que la humanidad conoce mejor, y también el más fácil de estudiar. Ya sea que tus herramientas sean un telescopio, unos binoculares o simplemente tus propios ojos, podrás encontrar una gran cantidad de características para observar en la Luna.

Imagen de la Luna contra un fondo negro.
El lado cercano de la Luna, visto por las cámaras a bordo de la nave espacial Orbitador de Reconocimiento Lunar (LRO) de la NASA.
NASA/GSFC/Universidad Estatal de Arizona

Desde la Tierra, siempre vemos solo una cara de la Luna. Esto se debe a que la interacción de la gravedad entre la Tierra y la Luna ha frenado la rotación lunar hasta sincronizarla con el propio movimiento orbital de nuestro planeta. La Luna rota, pero lo hace a la misma velocidad a la que orbita la Tierra. Esto hace que mantenga el mismo lado siempre de cara hacia nosotros. A este fenómeno lo denominamos “acoplamiento de marea”.

La Luna no tiene luz propia, sino que brilla gracias a la luz reflejada del Sol. Durante su fase creciente —en el crepúsculo o al amanecer—, a veces también es posible ver que la parte oscura de la Luna se distingue con un tenue resplandor, producto de la luz solar que se refleja desde la Tierra. Este efecto recibe el nombre de luz cenicienta, la cual es una forma de luz planetaria.

Puedes observar la Luna durante cualquiera de sus fases iluminadas; sin embargo, para apreciar mejor los cráteres y las montañas, prueba a observarla en fases distintas a la luna llena. Las sombras sobre la superficie serán más pronunciadas, lo que te ayudará a distinguir características que, de otro modo, podrías pasar por alto.

Observación a simple vista

Al mirar la Luna únicamente con los ojos, se aprecian principalmente zonas blancas y grises. Estas manchas grises son flujos de lava volcánica solidificada. En la juventud de la Luna, su interior todavía se encontraba fundido y el magma brotaba hacia la superficie. Estas zonas oscuras se formaron cuando los impactos masivos de asteroides o meteoritos sobre la superficie lunar crearon cuencas. Debido a que estas cuencas de impacto solían ser los puntos más bajos de la superficie lunar, comenzaron a llenarse con la lava en erupción. Dicha lava era similar al basalto que entra en erupción en la Tierra y, al igual que ocurre en nuestro planeta, se enfrió hasta formar una roca de color relativamente oscuro. A estas zonas las denominamos mares lunares, o “maria” (el plural de la palabra en latín “mare”, que significa “mar”).

Las zonas de color más claro se denominan tierras altas y muestran la corteza más antigua de la Luna, dominada por un tipo de roca llamada anortosita, que se compone principalmente del mineral blanco anortita o plagioclasa.

Lo que logres ver en la Luna a simple vista variará en función de tu agudeza visual. Tómate el tiempo suficiente para que tus ojos se adapten y mira con atención. Si tu visión es lo bastante nítida, es posible que logres distinguir algunos de los cráteres de impacto más grandes de la superficie lunar, tales como Copérnico, Kepler, Aristarco y Tycho. Incluso es posible que veas algunos de los brillantes rayos —sistemas de marcas radiales— que emanan de los cráteres Copérnico o Tycho, los cuales se formaron cuando la fuerza de los impactos originales proyectó material hacia el exterior.

Observación con binoculares y telescopios

Toma un par de binoculares y la Luna se transformará.

Con binoculares, seguirás viendo la Luna en su totalidad de un solo vistazo, pero ahora tendrá relieve. Los patrones de aspecto liso, en tonos grises y blancos, se revelan como cráteres y grandes cadenas montañosas. Podrás distinguir las zonas de la Luna que permanecen relativamente intactas de aquellas que han quedado marcadas por los impactos. Los binoculares aportan textura, especialmente al observar la Luna cuando está en cualquier otra fase distinta a la luna llena. Dirige tu atención, en particular, a lo largo de la línea del terminador —la frontera entre la luz y la oscuridad—, donde las características del relieve proyectan largas sombras que las hacen destacar con mayor claridad. Elige unos binoculares con un aumento de 7 como mínimo. Aunque un aumento de 10 o 15 te permitirá apreciar más detalles, es posible que necesites un trípode para mantenerlos estables.

Un niño mirando a través de unos binoculares montados en un trípode.
Observación de la Luna con binoculares en Texas, Estados Unidos.
Biblioteca Gibbs Memorial

Bajo la mirada de un telescopio, la Luna se vuelve demasiado grande para abarcarla de un solo vistazo. Ahora verás montañas reales, y no solo cráteres, sino también las cadenas de cráteres que se forman cuando los escombros de los impactos salpican alrededor de los cráteres principales. Verás los valles y las grietas de la superficie lunar denominadas rimas, las cuales se formaron cuando la lava que alguna vez llenó una cuenca se enfrió y se contrajo. Si esta es la primera vez que observas la Luna a través de un telescopio, es posible que sientas el mismo asombro que experimentó Galileo al ver cómo ese orbe familiar en el cielo se transformaba en otro mundo. Asegúrate de inspeccionar la Luna en sus diversas fases y en días diferentes. Algunas partes de la Luna cerca del borde del disco se hacen visibles en ciertos momentos, pero no en otros; se trata de un fenómeno de oscilación conocido como libración. Los observadores experimentados pueden aprovechar las libraciones favorables para observar alrededor del 59 por ciento de la superficie lunar.

Un niño levantándose las gafas para mirar a través de un telescopio.
Observación de la Luna con un telescopio en Maranhão, Brasil.
Flickr/rjcavallini2009

Imagen de portada: NASA | Ubicación: Washington D.C., Estados Unidos

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